lunes, 12 de noviembre de 2012

Para todo hombre, y en forma más grave y más clara para el escritor en particular, hay una prueba decisiva: la prueba de los años. Alguna vez se ha sostenido la identidad de la culpa y de la pena, una especie de inmanentismo de la pena bastante paradógico, pero no sin cierto viso de razón. La vejez es la pena, el castigo... de eso mismo, de ser viejo, de haber dejado que se marchitaran las rosas de la juventud, de no haber sabido preservar la hoguera juvenil, echando en ella para avivar la llama, si fuera necesario, los mil pequeños presentes de la vida que nos parecen dones, y no son sino monedas con que intenta comprarnos. La lima de los años muerde en nosotros hasta descubrir la esencia. En la edad moza nos iguala el fervor de la sangre, pero pasa el tiempo, y unas almas se van apagando y otras se afinan y arden cada día con llama más ardiente y más pura. Y así viene a saberse en quiénes había apenas un fugaz florecer de primavera, pronto agostado, y en quiénes algo perenne y sustantivo. Extracto de Francisco Romero prologando La Llama Inmortal de H. G. Wells.

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